Winchester, Virginia EU. Durante décadas, las y los mexicanos que viven en el extranjero han sido reconocidos como los “héroes de la Nación” por el enorme esfuerzo que realizan al enviar miles de millones de dólares en remesas a sus familias y contribuir de manera significativa a la economía mexicana.
Sin embargo, surge una pregunta inevitable: ¿el Estado mexicano valora con la misma intensidad a las personas migrantes que las remesas que envían? Esta reflexión nace de los datos, pero también de la experiencia.
Antes de discutir reformas al sistema de votación, conviene responder una pregunta fundamental: ¿por qué millones de mexicanas y mexicanos que viven en el exterior siguen sin participar activamente en la vida política de su país?
La respuesta a esa pregunta probablemente sea más importante que el mecanismo mediante el cual se deposita el voto. Los datos oficiales del INE invitan a una reflexión sobre el alcance de la participación electoral de las y los mexicanos residentes en el extranjero.
En la elección presidencial de 2024 se emitieron 184 mil 326 votos desde el exterior.
Si se toma como referencia una población aproximada de 20 millones de mexicanos y personas de origen mexicano que residen fuera del país —una cifra utilizada frecuentemente para dimensionar el tamaño de la diáspora mexicana, aunque no todas esas personas tienen derecho a votar—, esos 184 mil 326 votos representarían alrededor del 0.92 por ciento de ese universo.
Incluso considerando que no toda esa población es elegible para votar, la diferencia entre el tamaño de la comunidad mexicana en el exterior y el número de votos emitidos evidencia que aún existe un amplio margen para fortalecer la participación política.
Los propios datos del INE muestran que el 66.46 por ciento de los votos se emitieron por internet, el 21.48 por ciento por vía postal y el 12.07 por ciento de manera presencial.
Estas cifras permiten conocer las preferencias de uso de cada modalidad, pero también invitan a evaluar permanentemente aspectos como la accesibilidad, la transparencia, la seguridad, la confianza ciudadana y la eficiencia de cada mecanismo.
Sin embargo, el verdadero desafío parece ir más allá de la modalidad de votación.
La gran pregunta es por qué millones de mexicanas y mexicanos continúan enviando remesas a México, pero mantienen una participación política tan reducida.
Cuando estuvieron en riesgo las remesas hubo un hecho que mere reflexión. Y es que en Estados Unidos surgió la propuesta de gravar las remesas enviadas a México, la respuesta política fue inmediata.
Una comitiva de senadoras y senadores mexicanos viajó a Washington D.C. para reunirse con legisladores estadounidenses y defender los intereses económicos de las familias mexicanas.
Ese episodio demuestra que, cuando las remesas estuvieron en riesgo, existió capacidad para establecer un diálogo político de alto nivel entre ambos países.
La pregunta que muchos migrantes podrían formular es inevitable:
¿Por qué esa misma voluntad política no se ha traducido, con la misma intensidad, en una estrategia permanente para impulsar soluciones que beneficien directamente a millones de mexicanas y mexicanos que aún viven sin un estatus migratorio regular en Estados Unidos?
La regularización migratoria depende principalmente del gobierno y del Congreso de los Estados Unidos.
Sin embargo, ello no impide que México impulse una política exterior más activa, permanente y estratégica en favor de sus connacionales.
Para millones de personas migrantes, la mayor aspiración no consiste únicamente en recibir protección consular.
Su sueño es poder vivir sin miedo, regresar a México para visitar la tumba de sus padres, abrazar nuevamente a sus familias y volver legalmente al país donde han construido su vida durante décadas.
Una experiencia dentro de Morena
Mi percepción también surge de mi participación en dos reuniones de Morena en el exterior. Lamentablemente, ambas dejaron mucho que desear.
Desde mi punto de vista observé una preocupante falta de apertura al diálogo, humildad, capacidad moderadora y tolerancia hacia las opiniones distintas.
Una organización política que se define como un movimiento democrático debería garantizar el derecho de todas las personas a expresar sus ideas con respeto, incluso cuando sean críticas.
En una de esas reuniones solicité el uso de la palabra.
Mi pregunta fue directa:
Si existen versiones de que la senadora migrante podría aspirar a ocupar un consulado en el exterior,
¿no debería concentrar primero todos sus esfuerzos en cumplir el mandato legislativo para el que fue electa y rendir cuentas sobre los resultados obtenidos en beneficio de las y los mexicanos residentes fuera del país?
No buscaba confrontar a nadie.
Simplemente pretendía abrir un espacio de rendición de cuentas sobre el desempeño de quien representa políticamente a la comunidad migrante.
Sin embargo, la palabra no me fue concedida y la moderadora dio por terminada la reunión.
Más allá de mi caso personal, la experiencia deja una reflexión.
Cuando dentro de un movimiento político las preguntas incómodas se interpretan como ataques, infiltraciones o actos de deslealtad, el diálogo democrático comienza a debilitarse.
La democracia no consiste únicamente en escuchar a quienes coinciden con nuestras ideas.
También exige escuchar a quienes piensan diferente.
La crítica responsable fortalece las instituciones. El silencio impuesto las debilita.
El reto de representar a la diáspora. Las y los mexicanos en el exterior no necesitan únicamente mecanismos para votar.
Necesitan sentirse representados.
Necesitan percibir que sus principales preocupaciones forman parte de la agenda nacional durante los seis años de gobierno y no solamente durante las campañas electorales o cuando las remesas se encuentran amenazadas.
La democracia también se construye escuchando.
Y quizá ahí se encuentre una parte importante de la respuesta sobre la baja participación política de la diáspora mexicana.
Mientras millones de mexicanas y mexicanos continúen sintiendo que son reconocidos principalmente por las divisas que envían y no por su condición de ciudadanos con derechos plenos, será difícil cerrar la enorme distancia que hoy existe entre una comunidad migrante de millones de personas y apenas 184,326 votos emitidos desde el extranjero.
Tal vez el desafío no sea únicamente mejorar el sistema de votación.
El verdadero reto consiste en reconstruir la confianza, fortalecer la representación política y demostrar, con hechos, que las y los mexicanos en el exterior son mucho más que la fuente de remesas más importante del país: son ciudadanos cuya voz merece ser escuchada.

Líder comunitario, analista y defensor de los derechos de la diáspora mexicana. Migrante en Estados Unidos desde hace más de dos décadas, ha convertido su experiencia en una voz crítica y propositiva sobre migración, justicia y representación política.
Fue galardonado con el Premio Ohtli durante la administración de Andrés Manuel López Obrador, uno de los más altos reconocimientos otorgados a mexicanos en el exterior.
Su trabajo integra reflexión espiritual, análisis jurídico y visión geopolítica, impulsando el concepto de “Poder Migrante” como eje de transformación social.
Ha participado en foros en Washington D.C. y espacios institucionales promoviendo reformas en favor de los mexicanos en el extranjero.
Actualmente desarrolla una obra sobre la diáspora mexicana y su impacto económico, político y humano en el siglo XXI.

