Cuauhtémoc Cárdenas en NY: me enseñó a mirar a México

Llegué a Nueva York como lo hacen miles de mexicanos: en busca salir adelante y mantener el lazo con la tierra natal. Hace varias décadas, cuando acudí al Consulado General de México para renovar mi pasaporte, viví un episodio que en su momento me causó una profunda indignación, pero que terminaría marcando el rumbo de mi vida comunitaria.

Siendo una persona de tez clara, noté que en el documento la empleada consular me registró como de “tez morena”. Mi inquietud no era un asunto de vanidad; al viajar frecuentemente, pensaba con temor en la dificultad de ser identificada por mi familia si ocurría un accidente. Con timidez y la discreción propia de mi juventud en ese entonces, pedí respetuosamente que corrigieran la anotación a “tez clara” o “tez morena clara”. La respuesta fue una actitud pedante, grosera y un rotundo rechazo. Ante el maltrato, decidí mantenerme firme, exigí hablar con el superior y me negué a recibir un documento que no me describía correctamente. Tras mi insistencia, la corrección se realizó.

Sin embargo, el aprendizaje fundamental de esa jornada ocurrió durante las horas de espera. Observé cómo el personal intimidaba y trataba de forma despectiva a nuestros paisanos, muchos de ellos provenientes de comunidades rurales e indígenas que enfrentaban barreras con el idioma o con los trámites. Al ver que el miedo los paralizaba, comencé a intervenir como mediadora de manera cotidiana, acompañándolos en las filas y traduciendo o explicando sus situaciones. A partir de ese momento, el Consulado se convirtió en el escenario de mi compromiso permanente de defensa y acompañamiento a la comunidad migrante.

El hombre que leía el New York Times

Años después, mientras colaboraba activamente en el apoyo a la comunidad y trabajaba en una barra de abogados de inmigración, un compañero me anunció la visita de Cuauhtémoc Cárdenas a Nueva York y me notificó que yo había sido designada para dirigir el desayuno con él.

El día del evento, al entrar apresuradamente al recinto, me detuve impactada por una escena: el ingeniero Cárdenas estaba de pie junto a una mesa alta, hojeando concentradamente el diario New York Times en inglés. Al acercarme a saludarlo, su trato fue sumamente respetuoso. Sin embargo, movida por la rebeldía propia de la juventud y por el conocimiento de las carencias que vivíamos en la diáspora, no dudé en cuestionarlo directamente sobre sus compromisos políticos: “Si tú llegas a ganar la presidencia, ¿qué vas a hacer por nosotros los migrantes? ¿Qué nos vas a ofrecer?“

Aspecto del desayuno con Cuauhtémoc Cárdenas. Foto: Ada Omaña.

A diferencia de otros políticos que eludían los reclamos, él escuchó atentamente mi exposición sobre los atropellos en los consulados y las necesidades de los trabajadores mexicanos en el exterior.

Esa conversación transformó mi entendimiento del país. En aquel entonces, yo apoyaba a la comunidad por vocación, pero desconocía la definición ideológica entre la izquierda y la derecha. El ingeniero Cárdenas se tomó el tiempo necesario para explicarme con paciencia la estructura del poder en México, la historia del priismo y la naturaleza de la derecha, a la que definió como un proyecto volcado a los intereses particulares y distante de las necesidades populares.

Paralelamente, me explicó el significado de la izquierda social: un compromiso irrenunciable con el bienestar del pueblo y la justicia distributiva. Me recomendó lecturas específicas y me entregó materiales de estudio, advirtiéndome con tono paternal y afable que más adelante me preguntaría sobre esos libros. Me reconoció un gran potencial de liderazgo y me impulsó a profundizar mi formación política. Gracias a sus explicaciones y al análisis de la historia patria —marcada por agravios a la población— comprendí que mi identidad y mis convicciones pertenecían plenamente a la izquierda.

Posteriormente, supe que el ingeniero había rechazado enfáticamente reunirse con élites locales o figuras empresariales acomodadas en Nueva York. Su exigencia expresa fue encontrarse exclusivamente con las bases comunitarias y escuchar directamente a la gente trabajadora. Ese gesto de congruencia me demostró que para un verdadero líder, el pueblo va primero.

El impacto de aquel encuentro fue el motor de mi trayectoria política posterior. Inspirada por sus enseñanzas, me sumé como una de las fundadoras del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en Nueva York, impulsé la organización de los mexicanos en el exterior. Años más tarde, ese mismo anhelo de ver consolidado un gobierno de izquierda en México me llevó a respaldar la candidatura y el proyecto de Andrés Manuel López Obrador, participé activamente en las movilizaciones y plantones en el Zócalo capitalino.

El sexenio de la transformación confirmó lo que el ingeniero Cárdenas me enseñó en aquel desayuno: que el verdadero progreso nacional solo se alcanza cuando se gobierna con la mirada puesta en el pueblo y no en los privilegios. Hoy, desde la organización en Morena en Nueva York, continúo trabajando día a día por nuestra comunidad migrante.

La partida física de Cuauhtémoc Cárdenas deja un vacío inmenso y un dolor profundo en el corazón de quienes tuvimos la fortuna de aprender a su lado. Se fue uno de los grandes de México, un hombre cuyo ejemplo de congruencia y humildad debe servir de brújula a las nuevas generaciones. Las enseñanzas que me legó al abrirme los ojos en Nueva York son un compromiso de vida: ser y estar siempre con el pueblo, antes que todo.

El testimonio. Foto: Ada Omaña.