Enlace Binacional de Apoyo a Migrantes
San Francisco, California, USA
En la escuela primaria “Somalia”, a inicios del ciclo escolar de 1974 en Villa Coapa, en la antes delegación de Tlalpan, ahora alcaldía, cuando cursaba el tercer grado, mis compañeros gritaban con emoción:
—¡Cristina!, ¡Cristina!
Aquella alegría duró apenas unos minutos. Mi profesora anunció que, por ser la única niña que usaba pantalones, yo no tenía derecho a ser la encargada de la limpieza del grupo.
El silencio del salón me hizo comprender que algo no estaba bien.
Con respeto, pedí permiso para ir al baño. En realidad, caminé por los pasillos hasta la dirección. La directora, impecablemente peinada y elegantemente vestida, me recibió con una mezcla de sorpresa y amabilidad.
—¿Estás bien Cristina, qué haces fuerza de tu salón? —preguntó.
Respiré profundamente y le respondí con otra pregunta:
—Maestra, disculpe ¿Estoy bien uniformada?
Me observó de arriba abajo y contestó:
—Sí, como siempre.
Guardé silencio unos segundos y le dije:
—Pues mi maestra no opina lo mismo.
A mi corta edad y sin saberlo, ese día inicié mi aprendizaje para defender el derecho a ser escuchada. Al final, fui nombrada encargada del grupo durante un mes, como correspondía al sistema rotativo.
Con los años comprendí que aquella pequeña batalla no era únicamente mía. Formaba parte de una historia mucho más grande: la de millones de mujeres mexicanas que durante décadas lucharon por ser reconocidas como ciudadanas plenas.
Durante mucho tiempo me pregunté por qué en la escuela solo se hablaba de Josefa Ortiz de Domínguez, mientras en los murales de la Secretaría de Educación Pública veía a tantas mujeres revolucionarias con sus vestidos coloridos y sus rifles al hombro. ¿Quiénes eran? ¿Por qué casi no conocíamos sus nombres? Con el tiempo descubrí que la historia de México también había sido escrita por mujeres que lucharon en las revoluciones, en las fábricas, en las escuelas, en las comunidades y en los movimientos sociales para conquistar derechos que hoy muchas veces damos por sentados.
Uno de esos derechos fue el sufragio femenino. En 1953 se reformó la Constitución para reconocer plenamente el derecho de las mujeres mexicanas a votar y ser electas para cargos de elección popular. Dos años después, el 3 de julio de 1955, las mujeres participaron por primera vez en una elección federal, marcando un antes y un después en la vida democrática del país.
Mi generación creció disfrutando ese derecho sin haber vivido la batalla que lo hizo posible. Las conversaciones en casa con mi madre, tías, académicas y otras maestros nutrían mi sed por defender nuestra voz. Sin embargo, aún enfrentábamos formas cotidianas de discriminación que parecían pequeñas, pero que enviaban el mismo mensaje: “eso no te corresponde por ser mujer”. Aquella mañana en tercer grado entendí que los derechos también se defienden en los espacios más pequeños.
Décadas después, como maestra migrante y activista, descubrí otra lucha por la participación ciudadana: la de millones de mexicanas y mexicanos que viven fuera del país y que durante años exigieron seguir formando parte de la vida democrática de México. Reunión tras reunión, asambleas. discursos, ponencias, contactar al INE, elaborar bitácoras, enviar solicitudes a Palacio, elaborar notas, enviar convocatorias, analizar estadística, abrazar a un hermano activista o animar un líder, eso es estar presente.
Tras décadas de esfuerzos de organizaciones migrantes y de la sociedad civil, en 2005 se aprobó el voto de las y los mexicanos residentes en el extranjero. En la elección presidencial de 2006, por primera vez en la historia, quienes vivían fuera del país pudieron emitir su voto para elegir a la Presidencia de la República mediante el voto postal. A partir de entonces, el derecho ha evolucionado con nuevas modalidades, como el voto por internet y el voto presencial en sedes consulares para diversos procesos electorales.
Fue el pasado 2 de junio del 2024 a las puertas del consulado de San Francisco en la calle Folson al inicio de la jornada electoral histórica que retomé las fuerzas para vigilar y acompañar a mas de 2 mil mexicanos y mexicanas listos para ejercer su derecho al voto de inicio a fin. Esa mañana donde una bella dama vestida con el traje típico de Yucatán estaba en primera fila para ejercer su derecho al voto. Sus labios pintados, su cabello arreglado, rebozo listos y una sonrisa de par en par lo que hizo que mi corazón latiera al recordar lo que nos distingue a la mujer mexicana estemos donde estemos. Sin duda un día donde la participación pacífica y ordenada dio la vuelta al mundo reconociendo el valor del voto en el exterior.
Para quienes hemos construido una vida lejos de México, ese derecho representa ese amor por nuestro origen. Significa que la distancia no rompe el vínculo con nuestra patria; que seguimos formando parte de las decisiones nacionales y que nuestras voces también cuentan. Si bien hoy sabemos que el incremento de la participación del voto de la mujer migrante se elevo hasta en un 50 por ciento en las ultimas dos elecciones es claro que cuando vota una mujer vota una familia.
Hoy, al mirar a la primera mujer que ocupa la Presidencia de México, la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo pienso en aquella niña de tercer grado que solo quería ser tratada igual que sus compañeros. También pienso en las sufragistas que abrieron el camino, en las mujeres que durante décadas ocuparon espacios públicos antes reservados para los hombres y en las miles de migrantes que hoy participan activamente desde el exterior para fortalecer nuestra democracia. Y hoy esos mas de cien mil mexicanos y mexicanas con una credencial del INE gracias a la labor de muchas mujeres mexicanas que nos unimos en una sola fuerza por MEXICO.
He tenido el privilegio de caminar junto a mujeres brillantes, valientes, críticas y comprometidas: maestras, activistas, periodistas, servidoras públicas, trabajadoras, madres y jóvenes que siguen demostrando que la participación de las mujeres transforma comunidades enteras, a décadas de haber marchado con las maestros rurales de Oaxaca, Guerrero, Chiapas y otros tantos estados como parte de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Con mi hija en los brazos y otra votando por primera vez. Soy parte de una lucha que hoy ve los frutos desde el plebiscito en DF por muchas calles marchando y boteando en camiones para apoyar la lucha de otras sin representación ni voz allá por mi ciudad capital.
Aún queda mucho por hacer. La igualdad no termina cuando una ley reconoce un derecho; comienza cuando ese derecho puede ejercerse plenamente, sin discriminación y con las mismas oportunidades para todas las personas. Especialmente esas hermanas mexicanas hoy en centros de detención o peor aun las que están embarazadas sin acceso a ninguna atención médica por la represión que hoy padecemos con familias enteras durmiendo en el suelo o comiendo podredumbre.
Sueño con un México donde ninguna niña tenga que preguntar si está “bien uniformada” para poder participar; donde todas conozcan la historia de las mujeres que conquistaron el voto; donde las mexicanas que viven dentro y fuera del país sepan que su voz tiene el mismo valor; y donde las nuevas generaciones entiendan que la democracia no se hereda: se construye, se ejerce y se defiende todos los días.
Porque cada derecho que hoy disfrutamos comenzó cuando alguien decidió levantar la voz. En honor a las que nos abrieron camino como Hermila Galindo, Elvia Carrillo Puerto, Amalia González Caballero de Castillo Ledón, a ustedes pequeñas busquen cada una de estas historias y aprendan como el liderazgo político de las mujeres mexicanas hasta la actualidad está trascendiendo fronteras.

Residente en California, egresada de la Benemérita Escuela Nacional de Maestros (BENM), Generación 100. Maestra PROBEM -USA, México España. Maestra 2004 por el College DuPage. Educación para Adultos, Illinois. Educación Migrante en USA.

