El descompuesto y estridente sainete electoral del vecino del norte no deja de regalarnos pasajes y estampas dignos de la más fina, punzante y mordaz ironía imperial. Durante lustros enteros, la comentocracia acomodada en sus despachos con aire acondicionado y los analistas de cubículo —siempre distantes de la realidad de la calle— se empeñaron en encasillar el comportamiento del electorado de origen hispano bajo un discurso rígido y bidireccional. Por un lado, lo dibujaban como un monolito inamovible de almas puras movidas únicamente por la política de la identidad y la nostalgia cultural; por el otro, como una feligresía devota en abierta y acelerada migración al conservadurismo más tradicionalista, de golpes en el pecho y valores familiares rígidos.
Pero ¡oh, colosal sorpresa! Los datos duros, los desglose demográficos y las tendencias vertidas en las encuestas de salida de cadenas como CBS y NBC llegaron para desmantelar, de un sólo golpe, el catecismo y la dogmática habitual con la que la élite política pretendía encuadrar a esta comunidad. El verdadero motor que convulsionó las urnas no respondió a los vítores huecos del corporativismo woke, ni a las consignas prefabricadas de una diversidad comercial de etiqueta. El empuje real vino impulsado, contundentemente y para asombro de los comités de campaña, por la irrupción ineludible de los llamados no sabo kids.
Sí, nos referimos a esa inmensa juventud nacida o criada al norte del río Bravo; esa generación a la que a menudo se le tuerce la lengua, tropieza con la sintaxis y duda al intentar conjugar correctamente el verbo saber en español, pero que entiende con una precisión milimétrica, pragmática y visceral la dura realidad de la economía diaria.
Ellos, ellas, comprenden mejor que nadie que la cartera familiar no tolera un arancel más, ni que la cesta del supermercado cueste el doble como consecuencia directa del proteccionismo populista y la retórica agresiva de la Casa Blanca. Pragmatismo en su estado más puro y elemental: en la intersección cotidiana entre el uso del espanglish y la presión aplastante de las facturas acumuladas a fin de mes, esta juventud tomó la determinación consciente de salir a cobrar las cuentas pendientes directamente en la casilla electoral.
Y mientras esa joven marea marcaba el rumbo en las urnas, el imperio iba dejando al descubierto sus costuras de teatro de carpa barato a través de una serie de maniobras y sobresaltos desesperados:
El terror calculado en las casillas. La estrategia de intimidación quedó al desnudo tras la maniobra de Markwayne Mullin, secretario de Seguridad Interna, quien terminó por declarar que “siempre no” desplegaría agentes federales en los centros de votación. Sin embargo, el repliegue oficial ocurrió sólo después de haber logrado que el mero ambiente de zozobra e incertidumbre hiciera el trabajo sucio.
El abogado José Pertierra retrató esta atmósfera con cruda claridad desde Washington: “Tengo que atender las consultas por zoom porque mis clientes están demasiado asustados para salir y venir a verme en persona”. La lección de control social fue evidente: no hizo falta colocar físicamente a la patrulla fronteriza en cada acceso; el puro rumor y la amenaza velada bastaron como mecanismo psicológico para intentar inhibir el sufragio de miles de paisanos que cuentan con pleno derecho a voto y pasaporte en regla.
Leguleyadas e intrigas de alto nivel. El procurador general no dudó en enviar notificaciones judiciales urgentes en el estado de Alaska sobre supuestas “conspiraciones criminales”, justo en el instante preciso en que los conteos preliminares indicaban que la oposición demócrata amenazaba con arrebatarles un escaño clave en el Senado.
Se aplicó así al pie de la letra la fórmula clásica del poder acorralado: si el escrutinio oficial no te favorece conforme avanza la jornada, encárgate de fabricar la amenaza de un complot antes de que caiga la última papeleta en la urna.
Las piruetas geopolíticas del Boss. El magnate de la Casa Blanca dejó al público y a los cancilleres en pasmo generalizado al anunciar, con pasmosa soltura, que recortará los cuatro mil millones de dólares de ayuda militar y financiera anual destinados a Israel, escudándose en que dicha partida presupuestaria resultaba “extremadamente impopular” entre los votantes de estados clave.
De este modo la lectura de fondo revela un repliegue geopolítico con un tufo inconfundible a manotazo desesperado de último minuto para frenar la sangría del voto joven, mientras los analistas de defensa recuerdan entre bambalinas que, una vez cerradas las urnas y disipada la atención mediática, los contratos millonarios del complejo industrial-militar seguirán su curso habitual.
En medio de este convulso escenario, mientras el sindicato AFL-CIO patrullaba activamente las casillas en Texas para servir como escudo civil y muro de contención contra cualquier provocación o intento de desorden, y figuras de la cultura como Bruce Springsteen le recordaban a la clase burocrática y policial su deber ineludible de acatar la Constitución, la aristocracia política contuvo el aliento. La periodista Susan Glasser sintetizaba con agudeza en las páginas de The New Yorker la atmósfera flotante: el ambiente huele, sin lugar a dudas, al “inicio del fin” de la era Trump.
Resulta fundamental rescatar estas crónicas y testimonios del presente para evitar que la prisa mediática o la indiferencia las desfiguren. Si la marea trumpista termina finalmente por encallar en los escollos de la historia, habrá que agradecerle profundamente a ese enorme conglomerado de jóvenes que, aunque sigan regulando el verbo irregular saber diciendo «sabo», supieron con absoluta certeza, firmeza y exactitud en dónde debían poner la tachuela sobre la boleta

Residente en California, egresada de la Benemérita Escuela Nacional de Maestros (BENM), Generación 100. Maestra PROBEM -USA, México España. Maestra 2004 por el College DuPage. Educación para Adultos, Illinois. Educación Migrante en USA.


