La reciente designación de Roberto Velasco Álvarez como titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SER), a propuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum y con el aval del Senado de la República, ha generado expectativas legítimas entre la comunidad mexicana en el exterior.
No se trata únicamente de un cambio de nombre en la cancillería, sino de una oportunidad histórica para replantear de fondo el funcionamiento de la red consular mexicana, especialmente en Estados Unidos, donde residen millones de compatriotas que dependen, muchas veces de manera urgente, de estos servicios.
La gestión anterior, encabezada por Juan Ramón de la Fuente, dejó entre amplios sectores una sensación de lejanía e invisibilidad. Para quienes vivimos fuera de México, el canciller fue una figura prácticamente ausente en el terreno consular.
Más allá de los discursos institucionales, no se percibió una cercanía real con los problemas cotidianos que enfrentan las mexicanas y mexicanos en el extranjero, particularmente en un contexto cada vez más adverso debido a las políticas y narrativas antimigrantes en Estados Unidos.
Este contexto no es menor. Las comunidades migrantes viven bajo una presión constante: redadas, incertidumbre legal, discriminación y barreras administrativas que complican su integración y estabilidad.
En este escenario, los consulados deberían ser mucho más que oficinas de trámite; tendrían que operar como auténticos espacios de protección, orientación y defensa. Sin embargo, la realidad dista de ese ideal.
Fallas estructurales y deficiencia en el servicio consular mexicano
Actualmente, los 53 consulados de México en Estados Unidos presentan fallas estructurales que no pueden seguir siendo ignoradas. Uno de los problemas más recurrentes es el sistema de citas, que se ha convertido en un verdadero obstáculo.
Obtener una cita puede tardar semanas o incluso meses, lo que genera desesperación entre los usuarios. Esta situación ha dado pie a prácticas irregulares como la compra y venta de citas, un fenómeno que no sólo evidencia fallas administrativas, sino también una preocupante falta de control y supervisión institucional.
A esto se suma el trato que reciben muchos usuarios. Aunque hay excepciones, numerosos testimonios coinciden en señalar una atención deficiente, burocrática y, en ocasiones, poco comprensiva y mucho menos solidaria.
Es importante recordar que quienes acuden a los consulados no lo hacen por gusto, sino por necesidad, y además pagan por los servicios. La calidad en la atención no debería ser un privilegio, sino una garantía básica.
Otro aspecto tan destacable como reprobable son las condiciones físicas de varios consulados, que reflejan tan bien el abandono institucional. Existen sedes con instalaciones deterioradas, espacios reducidos y una infraestructura claramente insuficiente para la demanda que enfrentan.
Edificios antiguos con mala imagen, sede de algunos consulados
Algunos consulados operan en edificios antiguos que no proyectan la dignidad ni la fortaleza de un país como México; otros, simplemente, no cuentan con la capacidad para atender de manera eficiente a la población que acude diariamente.
Sin embargo, uno de los problemas más profundos es de carácter estructural e institucional: la permanencia prolongada de ciertos funcionarios en cargos consulares, pues existen cónsules con 20, 30 o incluso 40 años en el servicio exterior, lo que ha generado prácticas arraigadas difíciles de transformar.
Esta falta de renovación limita la innovación, reduce la capacidad de adaptación y, en muchos casos, perpetúa una cultura de distanciamiento con la comunidad.
La llamada “reestructuración” de consulados, impulsada recientemente por el gobierno federal, es un paso en la dirección correcta, pero claramente insuficiente. La remoción de algunos cónsules no resolverá por sí sola los problemas de fondo.
Lo que se requiere es una transformación integral del modelo consular, que incluya evaluación constante del desempeño, mecanismos de rendición de cuentas y, sobre todo, una verdadera apertura a las necesidades de la comunidad.
En este sentido, resulta preocupante que algunas de las propuestas planteadas desde la nueva cancillería, como la creación de comisiones integradas por exembajadores, apunten más a la continuidad que a la innovación.
Considero —con el debido respeto— que recurrir a figuras del pasado no necesariamente garantiza soluciones a los problemas del presente. La comunidad migrante necesita respuestas concretas, no estructuras consultivas que difícilmente impactarán en sus necesidades cotidianas.
Velasco Álvarez: la juventud como factor favorable
El nuevo canciller tiene ante sí un reto enorme, pero también una oportunidad invaluable. Su juventud podría ser una ventaja si decide romper con las inercias burocráticas y apostar por un enfoque distinto: uno centrado en las personas, en la cercanía y en la eficacia. Para lograrlo, será indispensable escuchar a la comunidad, abrir canales de diálogo reales y, sobre todo, traducir esas conversaciones en políticas públicas concretas.
Los consulados mexicanos en Estados Unidos deben transformarse en verdaderas defensorías. Esto implica no solo mejorar los servicios administrativos, sino también fortalecer el acompañamiento legal para quienes enfrentan problemas migratorios.
Esto en un entorno donde las políticas pueden cambiar de un día para otro, contar con asesoría jurídica oportuna puede marcar la diferencia entre la estabilidad y la deportación.
Asimismo, es fundamental dignificar la experiencia del usuario. Modernizar los sistemas de citas, erradicar la corrupción asociada a su gestión, mejorar la infraestructura y capacitar al personal en atención al público no son medidas opcionales, sino urgentes. La dignidad de las mexicanas y mexicanos en el exterior no puede seguir siendo vulnerada por fallas administrativas.
En última instancia, la política exterior de México debe reconocer que su comunidad en el extranjero no es un actor secundario, sino una extensión viva del país. Millones de mexicanos contribuyen diariamente tanto a la economía estadunidense como a la mexicana, a través de su trabajo y el envío de remesas. Ignorar sus necesidades o atenderlas de manera deficiente es no solo injusto, sino estratégicamente equivocado.
Roberto Velasco Álvarez tiene la posibilidad de convertirse en un punto de inflexión. Puede optar por la continuidad de un sistema que ha demostrado sus limitaciones, o puede impulsar una transformación profunda que responda a las demandas reales de la comunidad. La decisión no es menor.
Hoy, más que nunca, se necesitan consulados humanistas, eficientes y de puertas abiertas. No se trata de una aspiración idealista, sino de una necesidad urgente. Porque para millones de mexicanas y mexicanos en Estados Unidos, el consulado no es solo una oficina: es, muchas veces, el único vínculo directo con su país.

Originario de Guanajuato. A la edad de 14 años se va a La Paz, Baja California Sur, Mexico y a los 17 años decide emigrar a Estados Unidos. Participó en la lucha del líder campesino César Chávez y se dio de voluntario en la primera radio campesina del movimiento chavista. A partir de 1988 comienza su preocupación por el Mexico del cual se alejó y comienza su activismo; se une con más compañeros y empezaron a realizar protestas afuera del consulado de Mexico en Fresno, California con la exigencia de justicia y democracia para México bajo el lema “muera el PRI”.

