Este primero de septiembre de 2026, la diáspora mexicana vivió una de esas jornadas históricas donde la memoria colectiva se anuda entre la esperanza y la indignación. De manera simultánea, a lo largo y ancho de miles de hogares, talleres y centros comunitarios al otro lado de la frontera, nos conectábamos para seguir con atención el Segundo Informe de Gobierno de la primera mujer presidenta de México.
A la par del pulso político que venía desde la capital, en el corazón de la comunidad migrante se encendía una verdadera llama festiva: celebrábamos por fin el acceso a la primera plataforma digital del Instituto Nacional Electoral (INE), una herramienta de vanguardia destinada a darle cauce definitivo, ágil y transparente al derecho constitucional de los mexicanos en el exterior a votar y ser votados.
La victoria de la voz directa: la organización de base pulveriza a la falsa representatividad
Este nuevo entorno digital —más que un mero “ejercicio” técnico como se lo ha llamado en las publicaciones institucionales— llega para desmantelar de golpe la maraña de trámites abrumadores, requisitos absurdos y laberintos burocráticos que durante años entorpecieron nuestra participación ciudadana. No fue una concesión gratuita del poder ni un milagro administrativo nacidos de la nada; fue la respuesta firme a una exigencia urgente expresada de viva voz en múltiples encuentros, tanto presenciales como virtuales, sosteniendo un diálogo directo con autoridades del INE y con la comitiva de la Presidencia encabezada por Pablo Gómez en consulados clave. Por primera vez en décadas, a la población migrante se le abrió una oportunidad de oro para encarar a las autoridades de manera directa, sin rodeos ni cortapisas, sacando a la luz el catálogo entero de arbitrariedades, filtros y candados que convertían cada jornada electoral fuera del país en un víacrucis insostenible.
Ese proceso de recopilación de testimonios, agravios y vivencias no se quedó en la queja estéril. Se transformó en un espacio de articulación viva donde el reclamo individual encontró cobijo en la experiencia colectiva. Allí radica el mérito indiscutible de las organizaciones genuinas y, muy especialmente, de los líderes naturales de los migrantes —hombres y mujeres de a pie, migrantes también, marcados por el mismo esfuerzo diario y la misma nostalgia—, quienes no sólo alzaron la voz con dignidad, sino que trazaron con rigor la ruta crítica para superar la crisis del sufragio extraterritorial.
Fueron estos liderazgos auténticos los que abrieron un canal de comunicación directo y puntual con la jefatura del Poder Ejecutivo, y se pulverizó de paso ese “puente falso” erigido históricamente por camarillas de supuestos voceros y representantes de ocasión.
Esos intermediarios ficticios, acostumbrados a acomodar las cifras a conveniencia, maquillar reportes y moderar las demandas reales para no incomodar a la burocracia en turno, solían presentar ante el poder central una versión edulcorada e irreal de nuestra realidad. Mientras tanto, los presupuestos otorgados para este ejercicio electoral fuera del país se disipaban entre cortinas de humo y funcionarios de escritorio, retribuidos quincena a quincena de ocho a cinco para simular desde la comodidad de una oficina la gestión de una jornada ciudadana de la cual no entendían absolutamente nada.
El muro infranqueable de los consulados: la indolencia y el maltrato sistemático
Sin embargo, este motivo de júbilo no puede ni debe traducirse en un silencio amnésico o complaciente. Al tiempo que celebramos este hito tecnológico, este texto nace también como un acto de denuncia pública, firme y categórica, contra la maquinaria de injusticias e indolencias que el Servicio Exterior Mexicano mantiene en sus embajadas y sedes consulares, pues resulta un contrasentido inadmisible que, mientras la tecnología acorta distancias para el sufragio, los edificios consulares sigan operando como fortalezas inaccesibles donde el trato humillante y la falta de solidaridad son la moneda de cambio cotidiana.
Es claro que por las puertas de esas sedes pasa a diario el rostro más noble y vulnerable de nuestra patria: familias trabajadoras, madres con niños pequeños, y ancianos y ancianas debilitados por los años y las largas jornadas de trabajo duro en el extranjero. Para ellos no hay consideraciones humanas, ni filas preferenciales efectivas, ni la menor sensibilidad. Se les obliga a soportar esperas interminables a la intemperie, bajo el sol o el frío, tras haber esperado meses enteros para conseguir una cita, para luego enfrentarse a ventanillas donde priva la desatención o el desconocimiento absoluto de sus derechos, incluyendo esquemas de atención prioritaria o descuentos que jamás se difundieron ni se aplican al cien por ciento.
Todos tenemos la percepción y la desafortunada experiencia de que muchas veces ir al consulado se vuelve para el migrante una visita temida, un trámite tortuoso que linda en la pesadilla, pues en lugar de encontrar una casa de refugio, respaldo y dignidad, el compatriota se topa con un muro de desconexión institucional: desde guardias de seguridad privada cuya indumentaria, portación de armas y actitud insolente parecen imitar a los propios agentes de migración estadunidenses —lo que infunde temor e intimida en vez de brindar calidez, cortesía—, hasta personal consular y empleados de ventanilla que desconocen la terminología legal mexicana, ajenos a los procesos de su propio país y absolutamente insensibles al lenguaje, los modismos y las urgencias de su gente. Pareciera existir un patrón sistemático de reclutamiento donde se emplea a personal desvinculado de la realidad migrante, incapaz de escuchar, de procesar peticiones bajo demanda real o de resolver un trámite tan elemental como la expedición de un acta de nacimiento sin convertirlo en un calvario de cobros, bloqueos y demoras.
Esta cadena de negligencias y cerrojos burocráticos tuvo su expresión más dolorosa el pasado 2 de julio, cuando más de cien mil mexicanas y mexicanos en edad de votar, aun contando con una credencial vigente y toda la voluntad de participar, quedaron despojados de su derecho al sufragio.
Las casillas consulares habilitadas —apenas 23 en un territorio geográfico gigantesco— abrieron y cerraron bajo esquemas y horarios a modo acordados entre cónsules y burocracias electorales, asfixiando la participación masiva y desanimando la organización ciudadana. Una estrategia de desgaste que redujo de manera drástica la presencia de la diáspora en decisiones de trascendencia nacional, relegándonos al papel de simples aportadores de remesas mientras se invisibilizaba nuestro peso político y soberano.
Por todo esto, la apertura de la primera plataforma digital del INE representa una grieta definitiva en ese muro de indiferencia. Se trata de una conquista histórica ganada a pulso por la comunidad y los naturales dirigentes de a pie; una victoria que demuestra que la soberanía de México no se agota en sus fronteras geográficas, sino que late con igual fuerza en cada rincón donde un mexicano trabaja y sueña. La fiesta es legítima porque el avance es real, incluso la guardia permanezca levantada. Que esta nueva era digital sea el instrumento que no sólo facilite el voto, sino que sirva de palanca irreversible para exigir el cese inmediato de los abusos consulares y el restablecimiento irrestricto de la dignidad de toda nuestra gente en el exterior.

Residente en California, egresada de la Benemérita Escuela Nacional de Maestros (BENM), Generación 100. Maestra PROBEM -USA, México España. Maestra 2004 por el College DuPage. Educación para Adultos, Illinois. Educación Migrante en USA.

