De la tribuna republicana al teléfono que sigue sonando: la degradación de la política mexicana

En el teatro de la política, la palabra no es un mero adorno: es el cimiento arquitectónico del pensamiento, la medida del carácter y el crisol donde se prueba la calidad moral de un proyecto de nación.

Si bien la oratoria y el ensayo político en México alcanzaron en su momento algún rigor conceptual, la congruencia histórica y el patriotismo republicano, el debate público nacional describe hoy una marcada decadencia. Hemos transitado de las figuras tutelares de la tribuna y el pensamiento al pantano de la retórica trivial; del rigor doctrinal al servilismo transaccional y la improvisación disfrazada de picardía.

Para dimensionar el tamaño de la degradación parlamentaria y política que aqueja a la república, conviene confrontar tres perfiles: Adolfo Gilly —el pensador internacionalista, exguerrillero, profesor universitario e historiador indispensable—; Porfirio Muñoz Ledo —el último gran tribuno del Estado moderno mexicano—; y, en las antípodas de ambos, Ricardo Monreal Ávila, encarnación de la política ordinaria, el cinismo de catacumba y el ingenio forzado, grotesco.

I. Adolfo Gilly: la congruencia como imperativo ético y la memoria como trinchera

Adolfo Gilly no necesitó jamás del artificio del micrófono ni de la pompa parlamentaria para ejercer una autoridad moral sólida. Argentino de nacimiento y mexicano por decisión, militante de la lucha de los desposeídos, exguerrillero que conoció las entrañas del penal de Lecumberri y catedrático insustituible de la universidad nacional, Gilly entendía la política como un ejercicio innegociable de ética histórica. Su obra más conocida, La revolución interrumpida, no fue sólo un texto académico: fue la radiografía de un país traicionado por sus élites.

En marzo de 1998, durante el IV Congreso Nacional del PRD, efectuado en Oaxtepec Morelos, la izquierda —si así se la puede llamar— electoral o electorera debatía si debía otorgar la candidatura al gobierno de Veracruz a Ignacio Morales Lechuga, exprocurador general de la República y exembajador durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari. Eran los años en que el afán pragmático empezaba a corroer las entrañas de la oposición política de esos años administrados por el priismo neoliberal. A las tres de la mañana, cuando la fatiga suele amansar a las conciencias, Gilly tomó la palabra para impartir una lección magistral de la memoria.

Adolfo Gilly no gritó. Desarticuló la impostura con una precisión quirúrgica. Recordó que no se podía equiparar la ruptura histórica de Cuauhtémoc Cárdenas e Ifigenia Martínez en 1987 con el oportunismo de un funcionario del régimen salinista. Argumentó con lucidez que un partido que había pagado con más de quinientos muertos la resistencia contra el autoritarismo no podía entregar sus banderas a quien había ocupado las oficinas encargadas de la represión.

[…] El carácter y el destino de un partido no se prueban en las declaraciones de principios o en los encendidos discursos. Se definen en los hechos, en la conducta y en las luchas.

Su voz de representaba la densidad teórica, la solidez ideológica y el respeto sagrado por los caídos. Ante Carlos Salinas de Gortari, el gran comprador de voluntades, Gilly se mantuvo insobornable. Su manera de entender la política era la del pensamiento crítico, distante de la componenda mafiosa y del negocio electorero.

II. Porfirio Muñoz Ledo: la majestad de la república y el arte de la oratoria

Si Gilly encarnó la conciencia crítica y doctrinal, Porfirio Muñoz Ledo personificó al orador republicano,  al lenguaje artificioso y la arquitectura del Estado. Muñoz Ledo era el intelectual orgánico capaz de encantar a la masa con el peso de su cultura y una fulgurante lucidez enunciativa.

El 1 de septiembre de 1997 marcó un hito en la historia de la nación. Por primera vez en el siglo XX, el partido hegemónico carecía de mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. En su calidad de presidente de la Mesa Directiva, Muñoz Ledo contestó el Tercer Informe de Gobierno del presidente Ernesto Zedillo. No acudió a la cita a cobrar venganzas ningunas ni a conducirse con estridencia; acudió a erigir el muro de la división de poderes y presentarse como un demócrata que para mucha gente lo era.

Con una prosa labrada en los moldes de los grandes clásicos, citó a Benito Juárez y evocó el fuero de Aragón, Muñoz Ledo le dijo al titular del Ejecutivo de frente lo que ningún político mexicano se había atrevido a articular en el recinto de San Lázaro:

A partir de hoy, y esperamos que para siempre, en México ningún poder quedará subordinado a otro… Saber gobernar es también saber escuchar y saber rectificar. El ejercicio democrático del poder es, ciertamente, mandar obedeciendo — remató con una de las frases que los políticos institucionales toman del discurso zapatista—.

Y remató con aquella fórmula que devolvía la dignidad al Poder Legislativo frente a la dinastía presidencial: Nosotros, que cada uno somos tanto como vos y todos juntos valemos más que vos.

Muñoz Ledo dominaba el tiempo, la cadencia, el énfasis y la erudición. Su discurso no sólo era impecable en términos estéticos; mostraba una propuesta de nación, un programa de reforma del Estado y una advertencia sobre los riesgos del absolutismo. Algunos dijeron que era la tribuna elevada a la categoría de arte republicano.

III. Ricardo Monreal Ávila: la caricatura de la política, el teatro del absurdo y la chabacanería de la estupidez

Colocar a Ricardo Monreal Ávila al lado de Adolfo Gilly y Porfirio Muñoz Ledo equivale a poner una estampa grotesca junto a dos lienzos monumentales. En Monreal no hay pensamiento ideológico, no hay memoria histórica y no hay rigor conceptual. Hay, en su lugar, la figura del político camaleónico, el operador de cañería, el cabildero opaco y el alquimista de acuerdos tras bambalinas que ha transitado por el PRI, el PRD, Movimiento Ciudadano y Morena con la misma desenvoltura con la que se cambia alguien de calcetines.

Monreal encarna al personaje siniestro envuelto en la mediocridad; un mafioso que no opera con la astucia refinada de un Cardenal de Richelieu —símbolo de la  astucia, la intriga cortesana y el pragmatismo político—, sino con la rusticidad de un capataz de provincia. Su trayectoria pública destaca por sus desplantes ridículos y un ingenio tan forzado que inevitablemente cae en la comedia involuntaria.

El sainete del abrigo y la solemnidad fingida

Las anécdotas de su farsa son para recordarse. Cómo no recordar aquel V Congreso del PRD celebrado en Zacatecas bajo su mandato gubernamental, donde Monreal, buscando proyectar un aspecto de distinción, poder e importancia de cacique de pueblo, apareció envuelto en un abrigo largo, pesado y negro, según él a tono con una atmósfera nocturna, pero que no bajaba de los veinte grados centígrados. El vestuario no era un detalle menor: revelaba el complejo del político provinciano que confunde la teatralidad opaca con la categoría de estadista. Es la mascarada del personaje que necesita disfrazarse de operador misterioso para ocultar la vacuidad de sus ideas.

De la retórica frívola a la futilidad discursiva

Si la oratoria de Muñoz Ledo rozaba la literatura republicana y la de Gilly la filosofía política, la de Monreal es una colección de frases hechas, saludos de compromiso, muletillas de mercado y guiños cortesanos. Su discurso del 17 de agosto de 2026, pronunciado con motivo del informe de la diputada panista Kenia López Rabadán, es una muestra antológica de la degradación discursiva.

En un acto político que pretendía ser republicano, Monreal ofreció un espectáculo deplorable de lambisconería, vacuidad y ocurrencias dignas de un compadrazgo de cantina. Leamos la pobreza de su apertura:

Muchas gracias. Estimada Kenia, quiero, con todo respeto, felicitarte… Había dudas, debo de decirlo, y el teléfono sigue sonando, pero había dudas, yo nunca lo dudé…

Y el teléfono sigue sonando”. Tenemos así la cumbre del pensamiento monrealista. ¿Existe una metáfora más risible, más fútil y más reveladora del político que vive obsesionado por el cabildeo telefónico, el favor, la llamada furtiva y la negociación de pasillo? Es la utilización de la ocurrencia rápida —aquella que Jorge Luis Borges despreciaba al diferenciarla de la verdadera inteligencia— para salir del paso en un micrófono que le queda gigantesco.

El resto del discurso es un desfile interminable de saludos sociales donde pasa lista a la cúpula de la derecha electoral  y a la aristocracia política: desde Claudio X. González hasta Ricardo Anaya, pasando por Lilly Téllez, Germán Martínez y Xóchitl Gálvez. En un derroche de frivolidad acomodaticia, el coordinador parlamentario se deshace en halagos dirigidos a quienes teóricamente representan el proyecto antagónico al que él dice pertenecer, desdibujando —si la hubiera— cualquier frontera ideológica. Para Monreal no existen los principios de clase, ni la memoria histórica que defendía Gilly, ni la soberanía parlamentaria que articulaba —al menos en el discurso— Muñoz Ledo. Para él sólo existen los “amigos”, los “tocayos” y los “extraordinarios polemistas”.

El colmo de lo grotesco llega cuando, en medio de un acto oficial, se permite hacer comentarios sobre la vida familiar de la legisladora homenajeada: “Quiero también felicitar a Alejandro por aguantarla, su esposo…”. El machismo paternalista, la ramplonería de banqueta y la falta absoluta de sentido del decoro institucional quedan expuestos sin pudor alguno.

Y cuando intenta elevar el tono invocando a Juárez y la soberanía nacional, el contraste resulta impresionante. La cita juarista en boca de Monreal no es más que una calcomanía pegada a toda prisa sobre un texto hueco, una postura ensayada que se desmorona cuando inmediatamente después admite: “No voy a hablar más, porque no es un asunto que yo deba de expresar… ya ves que te decía que no dejaras que hablaran los coordinadores”.

IV. Conclusión: la política reducida a la transacción

La comparación entre estos tres personajes expone el drama de la política mexicana contemporánea:

Adolfo Gilly demostró que la política puede ser un arte ético, donde las convicciones valen más que un cargo público y donde la congruencia es el único patrimonio inalienable del ciudadano.

Porfirio Muñoz Ledo mostró —más allá de filias y fobias; impostura o postura genuina — que el parlamento puede ser el templo de la inteligencia, el lugar donde la palabra educada y rigurosa pone de rodillas al poder absoluto y funda las bases de una democracia pretendida.

Ricardo Monreal Ávila, en cambio, personifica la política como transacción sin alma, el cruce de favores en la sombra, la retórica deslucida del “teléfono que sigue sonando”, la farsa del abrigo negro y la mediocridad elevada a método de supervivencia.

El contraste no es sólo estilístico; puede ser ético y biográfico. Mientras Gilly escribió para la historia y Muñoz Ledo habló para la república, Monreal legisla y murmura para el expediente cotidiano, atrapado en la condición de un farsante oportunista que confunde la astucia lóbrega con la grandeza política. Cuando los tribunos se apagan y los intelectuales congruentes se van, el foro queda ocupado por la caricatura. Y en esa caricatura, de manera trágica, se dibuja el rostro de la degradación del debate nacional, desdichadamente.