Una vida de migración, servicio, familia, comunidad y confianza

En mayo de 2005 mi vida cambió para siempre. Dejé México, mi Puebla, a mi madre Herlinda, a mi padre Benjamín, a mis hermanos, a mis amigos y, sobre todo, a mis hijos cuando todavía eran pequeños. Llegué a Estados Unidos con 40 años; hoy, casi a los 62, cuando miro hacia atrás, comprendo que aquellos años no fueron simplemente tiempo transcurrido. Fueron de aprendizaje, sacrificio, pérdidas, encuentros, servicio y esperanza. Como dice la canción de Joan Manuel Serrat, al caminar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la estela. Esta es parte de la mía.

Durante 21 años como migrante he conocido prácticamente todas las caras de la migración: momentos felices, pero también profundamente dolorosos. Sobreviví a diferentes etapas de deportaciones y políticas migratorias bajo las administraciones de Obama, Biden y Trump, viendo a miles de mexicanos vivir con miedo, incertidumbre y separación familiar.

También conocí en carne propia la adversidad. En 2018 sufrí un accidente y atravesé tres años particularmente difíciles donde enfrenté la soledad, la pobreza extrema y la desolación de no contar con los medios económicos para salir adelante. Sin embargo, aprendí que aun en los momentos más oscuros aparecen personas que se convierten en verdaderos ángeles en el camino. Dios puso a mi lado a quienes me ayudaron a levantarme, y me levanté.

Ser migrante tiene un precio que muchas veces no aparece en las estadísticas. Dejé a mi hijo Hugo a sus seis años y a mi hija Blanquita a los quince. Me perdí graduaciones, actividades, momentos familiares y problemas cotidianos; instantes que ningún padre quisiera perderse. Aunque en 2022 y 2023 pude volver a abrazar a Hugo y a Blanquita en encuentros imposibles de explicar con palabras, también enfrenté uno de los Dolores más grandes de mi vida: perder a mis padres, Herlinda y Benjamín, sin despedirme en persona, abrazarlos o estar frente a sus tumbas.

La ausencia de los padres deja una huella profunda que en el migrante se multiplica al perder la posibilidad de acompañarlos en sus últimos momentos. Son ausencias e hitos insustituibles —como no haber estado en la boda de mi hija en México— que no se pueden recuperar, pero por los reencuentros que sí existieron, sigo agradecido.

Servir sin tener un cargo

Mi historia no comenzó en la política, sino en el servicio. Durante años he trabajado en Estados Unidos realizando labores sencillas y dignas: limpiar baños y edificios, o mantener una iglesia. Allí aprendí que el valor de una persona no está determinado por su trabajo, sino por la dignidad con la que lo realiza.

En la iglesia católica he colaborado con comunidades mexicanas, salvadoreñas, hondureñas, guatemaltecas y estadounidenses. He limpiado, abierto puertas, preparado espacios, apoyado en la catequesis para las primeras comuniones y participado en las Mañanitas a la Virgen de Guadalupe. Asimismo, mi labor como ministro extraordinario de la Comunión me permitió acercarme a ancianos y personas enfermas en soledad. Los domingos no buscaban que les llevara algo material, sino ser escuchados; pasaba horas dándoles cariño, paciencia y abrazos para recordarles su valor. Así descubrí que el servicio más grande no requiere dinero, sino tiempo.

Mi vida está ligada a la música desde que fui Niño Cantor de Puebla, formación que me llevó a viajar por México y Europa. Ya como migrante, continué cantando en coros en español e inglés, descubriendo que la música crea puentes donde no importa el origen de cada cual. Por otro lado, mi trabajo con los niños se reflejó en el impulso de un programa de fútbol soccer desde 2007 en una academia estudiantil. Hoy no puedo correr como antes, pero al volver a ese lugar encuentro mi huella: uno puede dejar de correr, pero nunca de sembrar.

He luchado

En 2007 me sumé a más de un millón de personas en Washington, D.C., para marchar por una reforma migratoria. Eran tiempos de esperanza colectiva. Apoyamos y participamos en iniciativas vinculadas a Barack Obama, pero tras la ilusión vino la decepción ante el elevado número de deportaciones durante su gobierno. Sin embargo, esa experiencia me enseñó que la participación ciudadana no debe depender de promesas, sino de la organización, la perseverancia y los resultados.

En 2008 iniciamos la gestión para que la comunidad migrante pudiera obtener una licencia o tarjeta de privilegio para conducir legalmente en Virginia. Tras años de trabajo, en 2020 el Congreso y el gobernador de Virginia aprobaron la medida para quienes cumplen con los requisitos de residencia y fiscales, permitiendo acceder a este documento por hasta ocho años. Para un migrante esto es mucho más que un trámite: significa conducir, trabajar, llevar a los hijos al médico y vivir con seguridad y dignidad.

Con los años interactué con representantes del Gobierno de México: conversé con el entonces embajador Esteban Moctezuma, con Alicia Bárcena durante su gestión como canciller, y abordé temas de reforma electoral con Pablo Gómez. Asimismo, coordiné a los participantes durante las visitas del presidente Andrés Manuel López Obrador a Washington, DC, y acudí al llamado de la hoy presidenta Claudia Sheinbaum en su momento.

Más allá de que la apretada agenda de esa visita impidiera un diálogo personal extenso, el valor principal radica en acercar a la comunidad mexicana a sus instituciones. En medio del gobierno y la comunidad existe un espacio clave: el enlace. Muchas veces asumí ese papel sin ostentar un cargo o nombramiento burócrata, sino respaldado por la confianza construida durante años con ambas partes; una confianza que jamás he defraudado.

Colaborar en los consulados móviles y servicios sobre ruedas ha sido de mis mayores satisfacciones. Ayudé a llenar formularios, organizar expedientes y resguardar documentación clave. Más de 5 mil niñas y niños han recibido su ciudadanía mexicana en estas jornadas. Detrás de cada trámite había padres deseosos de conservar el vínculo de sus hijos con México; para mí nunca fueron números, sino niños, familias y compatriotas.

La cara amarga: repatriación y duelo

También he acompañado el sufrimiento de ver a mexicanos regresar sin vida a su patria. Recuerdo especialmente a un joven de Chiapas que murió abandonado por traficantes de personas. Aunque no conocía a su esposa ni a su madre, el embajador Moctezuma intervino para poner orden frente a quienes pretendían lucrar con la tragedia, logrando repatriar el cuerpo a su comunidad. A pesar de la distancia, la gratitud de esa familia me demostró que se puede impactar la vida de alguien sin haberle visto antes. Guardo en la memoria muchas historias de llamadas de dolor donde la articulación entre comunidad y gobierno permitió dar soluciones dignas.

Con recursos propios y el apoyo colectivo, promoví actividades como la celebración del Grito de Independencia de México en Winchester, Virginia (2023 y 2024). Mantener viva nuestra cultura desde el exterior es una forma de reafirmar quiénes somos.

En 2020 fui honrado con el Premio Ohtli, un reconocimiento que no asumo como personal, sino como una cosecha compartida con quienes abrieron puertas, empujaron y caminaron a mi lado. Nadie construye una comunidad en solitario.

Mi propia batalla por la justicia

Tras años orientando a otros ante las instituciones, me tocó enfrentar mi propio proceso judicial en Puebla. Lo que inició como un diferendo familiar se convirtió en un aprendizaje profundo sobre el sistema legal: sin ser abogado ni contar con un despacho, aprendí a revisar expedientes, analizar resoluciones, redactar escritos y recurrir a instancias estatales y federales.

Esta experiencia me demostró que el ciudadano necesita instituciones accesibles, comprensibles y confiables. Mi postura ha sido firme pero respetuosa: cambiar nombres no basta si no se transforman los procedimientos, la transparencia y la rendición de cuentas. México requiere una reforma judicial honesta y profunda donde la justicia funcione por igual para todos, independientemente de sus recursos, lenguaje o lugar de residencia.

Al repasar mi trayectoria —en la iglesia, la academia, con niños, ancianos, consulados, funcionarios y la defensa de derechos— encuentro una fórmula invariable: HONESTIDAD + RESPETO + SERVICIO + CONFIANZA.

La confianza se construye con lentitud y se pierde en un instante; ha sido ese valor, y no un título o cargo político, el que me abrió las puertas.

Hablar de los mexicanos en el exterior no es citar datos fríos. Es hablar de Hugo, de Blanquita, de mis padres, de los niños nacionalizados, de la familia de Chiapas, de los ancianos acompañados, de los deportados y de quienes perdieron la vida en el intento. Detrás de cada cifra hay un ser humano y una historia.

Perspectiva a los 62 años

Llegué a este país a los 40 años y hoy me acerco a los 62. Aunque la fuerza física cambia, las heridas persisten y ciertas labores cuestan más, los años me han otorgado perspectiva. El niño cantor, el padre distante, el hijo en duelo, el trabajador que limpia baños, el ministro de la Comunión, el gestor consular, el deportista, el galardonado con el Premio Ohtli y el hombre que aprendió derecho para defenderse son la misma persona: yo.

Recordar no es vivir en el pasado, sino comprender el origen. Mi trayecto inició en Puebla, cruzó un río en mayo de 2005 y ha continuado entre pérdidas, aprendizajes, caídas y levantamientos. En esa estela quedan mi patria, mi familia, la iglesia, la música, el servicio consular y las causas pendientes.

No sé cuánto camino me resta, pero sé que sigo teniendo algo que aportar. La vida me enseñó que para servir basta con abrir una puerta, escuchar, orientar con un trámite o decir “no estás solo”. Tras 21 años de migración, trabajo y fe, reafirmo que la mayor recompensa es la confianza cosechada en comunidad. Mientras pueda caminar, seguiré sirviendo.