El sol de mediodía sin contemplaciones cae sobre el césped bajo un sol que ilumina el escenario con el fulgor de la mirada atenta de millones de almas que, por encima de las mafias y el cálculo, siguen amando el juego con la inocente esperanza de presenciar un instante que pueda quedar atrapado para siempre en la memoria.
En el palco de honor de esta Copa del Mundo 2026, blindado por cristales templados que filtran el calor y la realidad, los dueños del balón sonríen bajo la luz cenital. Abajo, en esta final impuesta —de un torneo donde lo único decente y genuino fue la participación previa de Francia y España—, no corría el balón; corría un algoritmo.
Sabemos que asistimos a un parteaguas histórico: la capitulación oficial ante el futbol de pizarra en detrimento del juego gustoso de la danza, aquél de los trazos oblicuos y el balanceo cadencioso de la pelvis que encantó al mundo por generaciones; el regate imprevisto y la lírica del engaño de los cuerpos han sido declarados ineficientes por el management deportivo.
Esta final representó la rendición final ante un sistema que ha domesticado el juego, un paso milimétrico que evoca la tragedia del mítico partido de 1982: el fin de un futbol libre y festivo —encarnado por aquel Brasil que fue campeón sin corona del encantamiento— sepultado bajo la especulación y la negación agresiva de la Italia de los Paolo Rossi y el defensa malandro irónicamente apellidado Gentile.
Hoy, la pizarra congela el último rastro de sensualidad e iluminación y opera bajo la misma lógica implacable del capitalismo tardío que exprime al trabajador y convierte el cuerpo humano en una máquina predecible.
Al ver las tribunas VIP, es imposible no evocar La máscara de la muerte roja de Édgar Allan Poe. Del mismo modo que el príncipe Próspero en su abadía fortificada, la élite de la FIFA se encierra en palcos climatizados para ignorar la tragedia exterior: las muertes en las periferias, las desapariciones forzadas, la educación desfinanciada y el extractivismo de piernas africanas de las excolonias que nutre a las potencias europeas. Son ellos quienes le temen a la espontaneidad humana porque es el virus que desafía sus estructuras tabuladas.
Entramos de lleno en la era del futbolista de laboratorio. Figuras que juegan un futbol de precisión milimétrica como Lionel Messi o Cristiano Ronaldo —capaces de depositar el balón en el rincón más oscuro e inalcanzable de la portería, donde está el infierno de unos y la gloria de otros—; el fin de una era de leyendas que representan la culminación de un proceso de producción neoliberal.
Es ésta una etapa en que las condiciones físico-atléticas naturales quedan subordinadas al poder de las hormonas, la disciplina de gimnasio extrema, las dietas milimétricas y el trabajo de orquestación tecnológica aplicado a canchas, calzado y balones que han dejado de ser de cuero para transformarse en productos perfectos de mercado.
El futbolista de probeta y la exclusión del “otro”
Este futbol diseñado desde la cumbre neoliberal —una maquinaria que comenzó a gestarse cuando el propio Pelé, ya en su retiro, fue contratado para impulsar el Cosmos de Nueva York y sembrar la semilla del negocio en el país más poderoso del mundo— tiene prioridades muy claras: se disfruta desde la postura de quien nombra, manda y compra.
En ese tablero de ajedrez financiero, las tensiones geopolíticas, el racismo y la xenofobia asoman sus garras. Se premia la trampa a veces ni siquiera fina si el protagonista vale millones. En este Mundial, el favoritismo a Occidente y las grandes marcas permite perdonar a los astros de élite faltas de tarjeta roja que ni el VAR se atreve a revisar, mientras que a las selecciones del llamado “continente negro” se las trata como escuadras de segunda categoría.
Como bien señaló el cronista Hermann Bellinghausen, «África no existe» para las mentes coloniales de la FIFA; es un invento europeo. Resulta hipócrita que potencias como Francia, España o Inglaterra —los principales colonizadores históricos— deban su brillo actual a los hijos de sus excolonias: los Yamal, Williams, Mbappé o Upamecano. La extracción de piernas africanas se ha convertido en el nuevo extractivismo, el secreto de la bonanza del futbol europeo de laboratorio.
Sin embargo, contra los magrebíes, árabes y subsaharianos, la desigualdad se manifiesta en el ninguneo de hospedajes, canchas de entrenamiento deficientes y el acoso de las autoridades migratorias locales. El presidente de la UEFA, Aleksander Ceferin, puede mirar con desprecio a quienes no alcanzan su nivel dinámico, mientras Gianni Infantino entrega premios políticos a Donald Trump y éste ordena restricciones que incomodan al aficionado inmigrante.
El futbol arte y su gracia estética parecen hoy una postal saudosa, una reliquia para la nostalgia.
De pronto surge de la chistera de un descarado botafoguense llamado Danilo dos Santos, un sorpresivo acto de ilusionismo en un desplante técnico que evoca el pasado, una jugada que un técnico mecanicista suele ignorar porque no encaja en su visión de pizarra. Pero son destellos aislados.
La pelota sigue rodando, sí, pero su eje ya no es la alegría del pueblo ni la belleza del movimiento; ahora gira alrededor de la caja registradora de un laboratorio que cambió el juego por un desalmado producto de consumo masivo; técnicamente perfecto, y desgraciado.
La abadía de Próspero y la ridiculez del poder
Y en medio de ese aislamiento aristocrático, brota el sainete y el absurdo. En la ceremonia de premiación, los ojos del mundo atestiguaron lo ruin y lo ridículo entrelazados al mismo tiempo. Donald Trump, comportándose como un niño grandote y estúpido, pretende a la fuerza de la necedad participar y robarse el festejo del campeón mundial, arrastrando la soberbia del país más belicoso del planeta al centro del protocolo.
A unos pasos, el rostro desencajado y descompuesto de Gianni Infantino lo dice todo: contempla el derrumbe futbolístico de una Argentina metida a chaleco en ese partido decisorio por los hilos mafiosos de la FIFA; una selección fantasma que simplemente no apareció en la cancha que nunca debió pisar.
La convidada de piedra y la chabacanería del asfalto
En ese mismo escenario de vanidades se encontraba, como convidada de piedra, la presidenta de México. Su presencia en la tarima fue el reflejo de un país que albergó partidos en su mayoría intrascendentes y cuya aportación logística devino en pesadilla. El retrato político actual del país anfitrión no es menor: un gobierno al que le encantan las vallas que lo aíslan de quienes esperanzados lo llevaron a administrar un país atribulado por múltiples dolores no resueltos.
Afuera del confort cupular, la realidad mexicana se manifiesta en su cruda contradicción. Mientras el torneo expulsa al verdadero aficionado con precios dinámicos exorbitantes y la gentrificación corporativa, la pasión resistió de forma rudimentaria en el asfalto. Más de 400 mil personas reventaron una y otra vez el Zócalo capitalino y los festivales callejeros para festejar los triuntos efímeros.
Sin embargo, el eco de esa afición dejó un sabor agridulce: un esfuerzo chabacano por quedar bien, una práctica constante de autoafirmación que raya a veces en la impertinencia. Un despliegue folclórico que empequeñece a un pueblo que ha demostrado ser mucho más que eso cuando verdaderamente ofrece muestras de solidaridad amorosa, histórica y combativa a otros pueblos del mundo, lejos de la distracción mediática de un balón manufacturado.
El fin del encanto
“Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad”, Eduardo Galeano (Futbol a sol y sombra).
De esta vez no fue así. Ni Lamine Yamal ni Lionel Messi nos regalaron la jugada memorable que se le exige a un dios supremo del futbol y de la gracia para burlar la ignominia de la FIFA. En la era del futbolista de probeta, donde las condiciones naturales se subordinan a las dietas milimétricas, la disciplina de gimnasio extrema y el marketing de las marcas, la espontaneidad parece que ha muerto.
Aquel futbol nacido de las raíces negras y las familias pobres, que rompió las barreras de racismo estructural en el Brasil de los años veinte e integró la ginga como identidad nacional de ese pueblo, ha sido sustituido por coreografías ensayadas ante la cámara y por los festejos bravucones heredados del regocijo soberbio del estadunidense medio. Ya no hay dicha en el gol; hay la «falta técnica» que maquilla la carencia de talento.
Mientras la burocracia dorada celebra el logro de la logística corporativa, las aulas del país regresan a su penumbra secular. La educación pública amanece tan desfinanciada y pisoteada como antes del pitazo inicial, resintiendo el abandono de un sistema que prefiere invertir en reflectores que en el futuro de sus comunidades.
Afuera de los palacios de la administración federal, las vallas que tanto le gustan a este gobierno siguen firmes, blindando la comodidad y aislando a quienes ostentan la gestión del presupuesto de los dirigentes magisteriales.
La justa deportiva ha terminado y el tablero señala el resultado oficial del negocio. Los aficionados vuelven a sus empleos precarizados, despojados de la ilusión efímera y la alegría carnavalesca.
Pero queda la certeza de que el futbol hermoso, ése que se mantiene todavía en la memoria de los pueblos, no se encuentra en las medallas de los autómatas ni en las tarimas donde los tiranos hacen el ridículo. Queda, acaso, resguardado en la resistencia silenciosa en los barrios de los pueblos que, cuando decida romper las vallas y apagar los televisores, volverán a mirarse a los ojos para recordar e insistir en que su grandeza verdadera ni siquiera se mide en goles, sino en la justicia combativa y solidaria que hoy le sigue haciendo falta; todo eso más allá de banderas y colores.
Editor, vive en la Ciudad de México, nacido en Coahuila. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha trabajado como reportero de fuente en medios informativos como Norte de Juárez y Diario de Juárez; laboró en el Suplemento Cultural Palabra, de Ensenada, Baja California.

