Primero debemos entender que la diplomacia moderna se sostiene sobre un principio tan antiguo como la soberanía misma: la reciprocidad.
Sin embargo, en tiempos donde la política exterior estadunidense se tiñe frecuentemente de tintes electoreros y discursos de mano dura, las instituciones básicas del derecho internacional corren el riesgo de convertirse en monedas de cambio.
La reciente alerta encendida por comunidades de activistas y organizaciones mexicanas en Estados Unidos, ante una supuesta “revisión exhaustiva” del Departamento de Estado a los 53 consulados de México en suelo norteamericano, no es un asunto menor. Es un síntoma peligroso de una retórica que busca criminalizar la asistencia humanitaria.
Sugerir, como se ha difundido en ciertas versiones periodísticas y pasillos políticos de la Unión Americana, que las sedes diplomáticas mexicanas operan como “centros de conspiración”, o señalar a México de “narcoestado”, no sólo es una falsedad flagrante, sino una estrategia de estigmatización dirigida contra más de 30 millones de personas de origen mexicano que viven, trabajan y sostienen economías enteras en ambos lados de la frontera.
La gran mentira: seguridad nacional vs. derecho internacional
El núcleo de este conflicto radica en la distorsión del trabajo consular. Un consulado no es un búnker ideológico ni una oficina de injerencia política; es un faro de legalidad.
Cuando la presidenta de México instruye a su cuerpo diplomático a intensificar las visitas a los centros de detención migratoria, no está violando la soberanía de Estados Unidos. Está ejerciendo, al pie de la letra, el Artículo 36 de la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares de 1963, que es un tratado del cual Washington es firmante y beneficiario histórico.
Defender el debido proceso y verificar las condiciones de vida de un connacional retenido no es intromisión, es una obligación jurídica internacional.
Quienes hoy promueven la posibilidad del desmantelamiento de la red consular más grande que tiene un país en el exterior parecen olvidar que la frontera común no es una línea de trinchera, sino el corredor comercial y social más dinámico del planeta.
Por el contrario, el número de mexicanos de este lado de la frontera necesita de más oficinas consulares.
Un mensaje para Marco Rubio: la miopía del aislamiento
El llamado directo de la comunidad migrante al Secretario de Estado de la Unión Americana, Marco Rubio, toca una fibra sensible. En la lógica de la seguridad nacional mal entendida, cerrar consulados puede venderse ante ciertos sectores del electorado como un golpe de autoridad.
Afectación humanitaria: clausurar estas sedes condena al desamparo legal a cientos de miles de trabajadores esenciales que dinamizan la agricultura en valles como el de San Joaquín, la construcción y los servicios en EE. UU.
El principio de reciprocidad: si la lógica del cierre se impone, ¿qué pasará con la embajada y los consulados de Estados Unidos en la Ciudad de México, Guadalajara o Monterrey, que atienden a más de un millón de estadunidenses que residen legalmente en territorio mexicano? La diplomacia es una avenida de dos vías; un camino de ida y vuelta.
Conclusión: más puentes, menos muros institucionales
Cerrar consulados no resolverá los desafíos migratorios ni las crisis de seguridad que comparten ambas naciones. Al contrario, asfixiar las vías institucionales de diálogo sólo fomenta la clandestinidad y vulnera el Estado de Derecho.
Hoy, la comunidad mexicana en Fresno y en toda la Unión Americana se declara en estado de alerta, y con justa razón. En un momento de profunda integración económica bajo el T-MEC, lo que se requiere no es el desmantelamiento de la asistencia consular, sino su fortalecimiento.
Lejos de bajar las cortinas de la diplomacia, el Departamento de Estado de EE. UU. debería entender que los consulados son los mejores aliados para mantener el orden, la legalidad y la paz social que ambos países necesitan desesperadamente. La dignidad de los migrantes no puede ser el daño colateral de la política interna norteamericana.

Originario de Guanajuato. A la edad de 14 años se va a La Paz, Baja California Sur, Mexico y a los 17 años decide emigrar a Estados Unidos. Participó en la lucha del líder campesino César Chávez y se dio de voluntario en la primera radio campesina del movimiento chavista. A partir de 1988 comienza su preocupación por el Mexico del cual se alejó y comienza su activismo; se une con más compañeros y empezaron a realizar protestas afuera del consulado de Mexico en Fresno, California con la exigencia de justicia y democracia para México bajo el lema “muera el PRI”.

