La oposición y la comentocracia pide a gritos que de manera inmediata y sin la menor investigación, simplemente se entregue al gobernador de Sinaloa con licencia Rubén Rocha Moya a las autoridades estadounidenses, porque así lo determinó el poderoso imperio del norte, mismo que un acto de poder amenaza a México con una posible incursión militar si no se cumplen sus designios.
Ante tal arrogancia, el gobierno mexicano se encuentra ante la disyuntiva de agachar la cabeza, tal como lo imploran la oposición y la comentocracia, o en un acto de dignidad y soberanía decirle al demente de la Casa Blanca, que no, que serán nuestras instituciones las encargadas de investigar si el político sinaloense debe ser sujeto de extradición o no.
Sin lugar a dudas, es difícil pedirle al país entero que meta las manos al fuego por Rocha Moya, quien antes de ser gobernador era reconocido por propios extraños, es decir, por representantes de la izquierda y la derecha como un personaje probo y comprometido con las mejores causas sociales, con una trayectoria profesional dedicada a la academia, pero cuyo gobierno muy probablemente se vio infiltrado por el narcotráfico, como ha sucedido por más de 50 años en Sinaloa.
De ninguna manera, pretendo justificar ningún presunto acuerdo con el narcotráfico para primero ganar las elecciones y después cogobernar con la delincuencia organizada, como se acusa a Rocha Moya, pero esto lo tendrá que investigar y esclarecer las autoridades mexicanas correspondientes, cuando menos eso es lo que debería esperarse institucionalmente.
También, debo decirlo, no comparto la campaña de linchamiento en contra del gobernador con licencia ni mucho menos la idea de que, porque así lo determinaron las autoridades estadounidenses, deba entregarse al político sinaloense, sin que se cumpla con el debido proceso y se cumplan con las propias normas que dicta el acuerdo de extradición que se tiene firmado con Estados Unidos.
Desde mi punto de vista, aquí hay algo más que la cabeza de Rocha Moya, lo que está en juego es permitir que autoridades extranjeras, en este caso de Estados Unidos, metan sus narices en asuntos que le competen sólo a los mexicanos, por ello el gobierno de la doctora Sheinbaum defiende el respeto a la soberanía nacional que se alinea con la doctrina tradicional de la política exterior mexicana, fundamentada en la no intervención y la autodeterminación de los pueblos.
El discurso de la presidenta de México enfatiza que, si bien la relación con Estados Unidos es estratégica y necesaria, esta debe darse bajo un marco de igualdad y respeto mutuo, cosa que por lo visto no entiende la oposición de la derecha o la comentocracia, que gustosos están dispuestos a ceñirse a los designios del gobierno de Estados Unidos, o de manera más clara, a las locuras de Donald Trump.
Porque es más que evidente que con los malos resultados que el habitante de la Casa Blanca obtuvo con su invasión a Irán, ahora necesita recuperar simpatías con el pueblo estadounidense que ha visto mermada su economía con los altos precios de las gasolinas, por eso el cabeza naranja está poniendo los ojos en México y Cuba para recuperarse en las encuestas con miras a las elecciones de noviembre próximo, donde están en riesgo las mayorías de los republicanos en el Senado y la Cámara de Representantes.
Porque volvemos a la hipocresía de Donald Trump y el equipo de halcones que lo acompañan, que muestran mucha preocupación por el contrabando de estupefacientes ilegales a la Unión Americana, pero hacen muy poco por frenar el consumo, no hacen nada o muy poco por combatir a las bandas delictivas distribuidoras en su país, y mucho menos hacen nada contra el jugoso negocio de ventas de armas al narcotráfico.
Pero todo eso no lo ve la oposición de la derecha y la comentocracia que simplemente pide que bajemos la cabeza, entreguemos a quienes se les dé la gana a las autoridades estadounidenses, siempre con la amenaza de una posible operación o incursión militar en contra de un presunto cabecilla de las bandas delictivas o incluso contra algún político que ellos presuman de estar coludido con la delincuencia organizada.
Frente a la claudicación que muestra la derecha y sus voceros ante Estados Unidos, la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido muy clara: México es el principal socio comercial de Estados Unidos, lo que otorga al país una posición de fortaleza negociadora.
Su defensa de la autonomía se basa en que la integración económica de América del Norte no debe implicar la cesión de decisiones políticas o de seguridad interior a agencias o gobiernos extranjeros.
Ante los procesos electorales que están en puertas tanto en México como en Estados Unidos, la presidenta ha mantenido una línea de exigencia de respeto a las instituciones mexicanas. Esto incluye el rechazo a críticas extranjeras sobre procesos internos, como las reformas al Poder Judicial o al sistema electoral, bajo el argumento de que solo al pueblo de México le corresponde decidir su forma de gobierno.
La autonomía también se extiende al control de sectores estratégicos. La defensa del litio y el fortalecimiento de las empresas públicas de energía (CFE y Pemex) son presentados como mecanismos para evitar que la política interna sea dictada por intereses corporativos internacionales o presiones diplomáticas externas bajo el marco del T-MEC.
Uno de los puntos más críticos es la presencia de agentes extranjeros (como los de la DEA y la CIA) y las propuestas de sectores en Estados Unidos sobre intervenciones directas contra grupos delictivos. Ante lo anterior, la postura de Sheinbaum ha sido enfática al manifestarse a favor de la cooperación técnica y de inteligencia, la cual siempre será aceptable siempre que sea coordinada.
Al tiempo que la presidenta Sheinbaum ha expresado una y otra vez su rechazo a posibles operaciones unilaterales, por ser violatorias de la Constitución y la soberanía nacional.
Una vez más, lo reitero, los mexicanos estamos en la disyuntiva de agachar la cabeza, tal como lo piden la derecha y la comentocracia, o asumir una postura firme ante el imperio de defensa a la soberanía y autonomía de México.

Periodista considerado obrero de la tecla, identificado con la izquierda mexicana y apoyador de la 4T

