En la historia contemporánea de Estados Unidos, cada ciclo electoral redefine no únicamente el destino interno del país, sino el pulso político global. Cuando los nombres que emergen con fuerza son los de Marco Rubio y JD Vance, los dos bajo la órbita de Donald Trump, el debate deja de ser estrictamente doméstico, y se convierte en una discusión sobre estabilidad internacional, equilibrios estratégicos y el frágil estado de la paz mundial.
No se trata de caricaturizar ni de reducir sus trayectorias a consignas ideológicas. Uno y otro representan corrientes reales dentro del conservadurismo estadunidense: nacionalismo económico, repliegue selectivo, retórica de orden interno y una política exterior que oscila entre el intervencionismo ideológico y el pragmatismo transaccional. Sin embargo, el problema no es únicamente lo que piensan, sino cómo sus visiones podrían traducirse en decisiones que tengan efectos globales.
Rubio: ideología, cruzada y la obsesión por Cuba
Rubio encarna una síntesis peculiar: hijo del exilio cubano, nostálgico del anticomunismo de la era Reagan y convencido de que Estados Unidos debe ejercer liderazgo moral frente a regímenes para ellos autoritarios. Su trayectoria revela coherencia en un punto central: la creencia en la presión como herramienta legítima para forzar transformaciones políticas.
El riesgo no radica únicamente en su dureza frente a gobiernos como el de Cuba o Venezuela, sino en la razón o sinrazón que subyace a esa postura. Si la política exterior se concibe como una cruzada moral, el espacio para la diplomacia pragmática se reduce. Y cuando la diplomacia cede ante la presión permanente —sanciones crecientes, aislamiento económico, retórica de confrontación—, las probabilidades de escalamiento aumentan.
En el caso específico de Cuba, el peligro es doble. Primero, porque Rubio no es un observador distante: su biografía está atravesada por el conflicto histórico entre Washington y La Habana. Segundo, porque su visión parece inclinarse menos al “desgaste natural” del sistema cubano y más a la idea de un “empujón” activo.
Ese “empujón” podría traducirse en un endurecimiento máximo de sanciones, persecución financiera más agresiva contra terceros países que comercien con la isla, e intentos de asfixia económica bajo la premisa de acelerar un colapso interno.
La historia demuestra que las políticas de presión extrema rara vez producen transiciones ordenadas; más bien tienden a generar sufrimiento social, migraciones masivas y escenarios impredecibles. En un contexto regional frágil, una implosión abrupta en Cuba no sería un evento aislado: impactaría a Centroamérica, al Caribe y al sur de Florida, y reconfiguraría alianzas en América Latina.
Además, una postura sistemática contra gobiernos en la región —considerados por EE. UU.— de izquierda, podría profundizar la polarización continental, empujando a varios países a reforzar vínculos con potencias como China o Rusia en respuesta defensiva; paradójicamente, una estrategia diseñada para frenar la influencia de Beijing podría terminar ampliándola.
Vance: orden interno, repliegue selectivo y normalización del miedo
Si Rubio representa la vertiente ideológica del conservadurismo, Vance simboliza su dimensión cultural y nacional-populista. Su discurso prioriza el orden interno, la soberanía económica y el escepticismo frente a compromisos internacionales prolongados.
Su postura crítica a la ayuda militar a Ucrania y su insistencia en reequilibrar el papel de Estados Unidos en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) no necesariamente implican aislacionismo absoluto. Pero sí reflejan una tendencia a redefinir alianzas bajo criterios estrictamente utilitarios.
En un sistema internacional tensionado por guerras regionales y rivalidades entre grandes potencias, esa condición puede generar incertidumbre estratégica.
La paz global no depende sólo de evitar guerras directas, sino de sostener marcos de previsibilidad. Cuando el liderazgo de la principal potencia mundial oscila entre la transacción inmediata y la presión unilateral, los actores internacionales recalculan riesgos. Esa recalibración puede incluir carreras armamentísticas, alianzas defensivas alternativas y mayor fragmentación en la política internacional.
En el plano interno, la retórica que convierte la disidencia en amenaza y el desacuerdo en desorden tiene también implicaciones externas. La legitimidad democrática es uno de los principales activos de poder blando de Estados Unidos. Si ese capital se erosiona por políticas que priorizan el miedo como herramienta de gobernabilidad, el discurso global sobre derechos humanos pierde coherencia y autoridad.
América Latina ante un ciclo de sobresaltos
Para América Latina, la combinación Rubio–Vance implica un entorno de presión selectiva y volatilidad estratégica. Podría esperarse así mayor endurecimiento frente a gobiernos considerados “hostiles”; revisión o condicionamiento de acuerdos comerciales bajo criterios proteccionistas; uso intensivo de sanciones como instrumento diplomático, y una política migratoria más rígida con efectos sociales y económicos regionales.
La región no enfrenta únicamente el riesgo de confrontación directa, sino el de quedar atrapada en un entorno compuesto de bloques. Países que busquen autonomía estratégica podrían verse forzados a tomar posiciones más definidas en la competencia entre Washington y Beijing.
En ese tablero, Cuba ocupa un lugar simbólico y estratégico. Para Rubio, no es nada más un expediente diplomático; es un capítulo personal y hasta de historia familiar. Cuando la política exterior se entrelaza con un sentimiento de reivindicación histórica, el margen para la flexibilidad disminuye.
El dilema de fondo: liderazgo o imposición
Ni Rubio ni Vance son figuras improvisadas. Ambos han construido capital político y representan sectores influyentes del electorado estadunidense. El riesgo no viene de su legitimidad democrática, sino de la dirección que podrían imprimir a la política exterior: una combinación de confrontación ideológica, proteccionismo económico y redefinición utilitaria de alianzas.
El mundo actual no es el de la Guerra Fría. Es un sistema interdependiente, con cadenas de suministro globales, crisis climática, migraciones masivas y conflictos híbridos. En ese entorno, las estrategias basadas en presión unilateral y decisión de suma cero tienden a ampliar tensiones.
Para la paz mundial, el desafío es evidente: evitar que la competencia política y económica en el mundo se convierta en confrontación estructural. Para Cuba y América Latina, el problema es mayor: navegar un periodo potencial de endurecimiento político sin quedar reducidos a piezas en un juego de ajedrez ajeno.
El verdadero debate no es si Estados Unidos debe defender sus intereses —toda nación lo hace—, sino cómo. Si el método privilegia la coerción sobre la diplomacia y el castigo sobre la negociación, el costo no será sólo regional. Será global.
Editor, vive en la Ciudad de México, nacido en Coahuila. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha trabajado como reportero de fuente en medios informativos como Norte de Juárez y Diario de Juárez; laboró en el Suplemento Cultural Palabra, de Ensenada, Baja California.

