Jesse Jackson fue el puente que unió nuestras luchas

Hoy no escribo desde la frialdad de la política ni desde la historia distante, sino desde el corazón de la gente que cambió un poco más su vida gracias a tu voz. Jesse Jackson fue de esas personas que no solo pasan por el mundo, sino que lo mueven. Nos ha dejado un gran líder y es necesario recordar lo que significó para nosotros, los latinos en Estados Unidos.

Nacido en 1941 en Greenville, Carolina del Sur, Jackson fue uno de los líderes más importantes del movimiento de derechos humanos, trabajó junto al gran Martin Luther King Jr. en marchas históricas por la igualdad racial en los años 60.

En 1971 fundó la organización Operación PUSH (People United to Save Humanity), enfocada en la justicia económica, educación y derechos civiles. Su visión fue revolucionaria al crear la Coalición Arcoíris (Rainbow Coalition), una alianza política entre afroamericanos, latinos (especialmente mexicanos y puertorriqueños), trabajadores pobres, inmigrantes y sindicatos para obtener un poder político real.

Defensor de nuestra gente

Jesse Jackson no solo hablaba de unidad, sino que la practicaba en las calles a través de acciones concretas como su defensa pública de la reforma migratoria y la amnistía para inmigrantes indocumentados, luchó activamente contra las deportaciones injustas durante las décadas de los 80 y 90.

Asimismo, impulsó con fuerza el poder del voto latino en Chicago y otras ciudades importantes bajo la premisa de que el registro y el voto se traducen en poder real, con lo que obligó a los políticos a tomar en serio a esta comunidad.

Su compromiso se extendió al ámbito laboral, donde se sumó a huelgas y protestas junto a trabajadores agrícolas y sindicatos para exigir salarios dignos e igualdad de condiciones, al tiempo que actuó como pionero al presionar a grandes corporaciones para la contratación de minorías y promover programas de empleo y becas para estudiantes latinos.

Huella

Tu legado, Jesse, no vive en discursos ni en fotografías; vive en cada estudiante que creyó que podía llegar a la universidad, en cada trabajador que exigió respeto y en cada inmigrante que sintió que alguien importante decía “tú también perteneces aquí”.

Nos enseñaste que la lucha por la justicia no pertenece a un solo color, a una sola lengua ni a un solo barrio, sino que la dignidad humana no tiene barreras.

Hoy no es una despedida triste, es un aplauso largo que cruza barrios y generaciones. Gracias por hablar cuando otros dudaban y por marchar cuando otros temían. Tu eco seguirá recordándonos que la esperanza siempre vale la pena.