Manifestantes frente a la Embajada de Irán

Manifestantes fuera de la embajada de Irán en México
En las calles de México, el eco de una guerra ajena: la memoria como antídoto

Fue una escena que encapsula las paradojas de nuestro tiempo. Este fin de semana, después de sumar mi voz a una multitudinaria manifestación en defensa de la soberanía de Venezuela y en rechazo a la injerencia extranjera, me detuve frente a un grupo pequeño, de apenas once personas presentes a las afueras de la Embajada de Iran, ubicada en Paseo de la Reforma.

Al dialogar con ellos, encontré opiones encontradas entre los manifestantes y cierta resignación en sus opiniones. Cuando mencioné el nombre de Mohammad Mosaddegh, el primer ministro democráticamente electo de Irán en 1951 un líder laico y nacionalista que nacionalizó el petróleo para beneficio de su pueblo, las miradas fueron de desconocimiento, de lejanía, de “esa es otra historia lejana”.

Pocos parecían recordar que su gobierno, elogiado por su legitimidad, fue brutalmente derrocado en 1953 por un golpe de Estado orquestado por la CIA británica y estadounidense, los mismos que hoy están pensando en poner de vuelta al hijo del que instalaron una vez derrocado aquel gobierno legitimo y democrático. Este silencio no es casual; es el síntoma de una memoria amputada.

Les pregunté entonces por qué promovían el regreso de la figura de Pahlavi, heredero de un régimen monárquico impuesto tras ese golpe y sostenido por Occidente. Les mencioné sus recientes reuniones con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, acusado de genocidio por la Corte Penal Internacional y con el enviado especial de la Casa Blanca, Steve Witkoff, que también el fin de semana se reunió en secreto con Reza Pahlavi.

No hubo argumentos, solo un deseo vago de una “transición pacífica” guiada por esa figura. La ironía es trágica: un sector de la diáspora, víctima de décadas de sanciones y presiones de Washington, anhela como salvador a un aliado del mismo poder que estrangula a su nación. Es la victoria maestra de la propaganda: convertir el anhelo de libertad en un camino hacia la sumisión, si la sociedad no se organiza al interior para garantizar su soberanía y una democracia real que represente sus intereses supremos.

Esta historia no es solo iraní; es un espejo para México y toda América Latina. La operación que derrocó a Mosaddegh, fue el manual que después se aplicaría, con variaciones, en Guatemala, Chile, Argentina y en incontables intentos de desestabilización en nuestra región.

Nuevamente la propaganda de Guerra

El patrón es idéntico que en Venezuela, ya menciconado en anteriores análisis:

 1) Ocultar las verdaderas razones de la intervención (el petróleo, el oro, el control comercial o controlar en su totalidad a toda una región); 

2) Ocultar la historia  (borrar la historia de líderes soberanos o maquillar las operaciones encubiertas que los desestabilizan); 

3) Usar pretextos cíclicos usando a las personas como víctimas , mientras más bajas y dolor haya, mejor (comunismo, narcotráfico, falta de derechos humanos, ahora hasta la islamofobia es un buen pretexto, Estados Unidos quiere manejar la idea de la necesidad de salvar a esa pobre población oprimida y asesinada cuando ya se demostró que son ellos los que han prendido fuego a las mezquitas y han enviado sicarios para asesinar a policías y a población en general); 

4) Crear un enemigo diabólico (el “islamismo radical”, el “populismo autoritario” un Ayatola impuesto sin elecciones democráticas, que incursiona en lo nuclear y se ha vuelto un peligro para el mundo); y 

5) Controlar la narrativa a través de medios hegemónicos que mienten y utilizan las imágenes de respaldo popular al gobierno en contra del mismo gobierno, invaden las noticias de manifestaciones en contra del régimen y de las condiciones difíciles de vida al interior debido a la inflación y a la escasez pero no informan que la gran mayoría prefiere por lo pronto eso que una intervención estadounidense y de Israel)

Hoy, las sanciones que asfixian a Irán —y que generan la inflación y el desempleo que alimentan la protesta, son la misma arma de guerra económica que se ha esgrimido contra Cuba, Venezuela y Nicaragua. Son un castigo colectivo que, so pretexto de “preocupación” por los derechos humanos, empobrece a los pueblos para forzar cambios de gobierno.

El papel de los mexicanos ante conflictos lejanos

Como mexicanos, debemos reconocer este juego. Nuestra tradición diplomática, basada en la Doctrina Estrada y el principio de no intervención es una lección histórica tallada a fuego. Sabemos que detrás de la “promoción de la democracia” suelen esconderse intereses por el petróleo, el gas o la posición geopolítica.

El hecho de que este pequeño grupo pudiera manifestarse en México, incluso con una narrativa tan contradictoria, es un testimonio de la tolerancia y fortaleza de nuestra democracia. Pero también es una responsabilidad. Nos obliga a no ser ingenuos, a hacer las preguntas incómodas, a recordar lo que otros olvidan. La verdadera solidaridad con el pueblo iraní o con cualquier pueblo bajo presión, no consiste en apoyar a los títeres del imperio de turno, sino en denunciar la doble moral y el intervencionismo que causan tanto sufrimiento.

Frente a la máquina de propaganda que borra historias y fabrica consensos, nuestro antídoto es la memoria. Recordar a Mosaddegh es recordar a Arbenz, a Allende, y a todos los que defendieron su soberanía. Es entender que la lucha por la autodeterminación de Irán es, en esencia, la misma que libramos en América Latina. Y en esa lucha, la postura de México debe seguir siendo clara: la paz no se construye con sanciones que matan de hambre, ni la democracia se importa en la punta de los misiles o en los carteles de un príncipe exiliado. Se construye con respeto, con soberanía y con la firme convicción de que los pueblos son dueños de su destino.

Recuerdo de Zaratustra

Al terminar la manifestación, cuando el pequeño grupo comenzaba a dispersarse, un joven franco-iraní y una mujer se acercaron. En sus manos, una bandera diferente: no la tricolor de la República Islámica, ni la del León y el Sol de la dinastía Pahlavi, tenía la imagen de Zaratustra, que evocaba una Persia milenaria, anterior al islam y a las monarquías modernas.

Me compartieron, con una franqueza que contrastaba con el silencio inicial del grupo, que no estaban a favor del hijo del Sha. Lo veían como una herencia del autoritarismo secular de su padre. Sin embargo, en un giro que revela la tragedia política de su pueblo, expresaron una resignación pragmática: creían que, en el panorama actual, Reza Pahlavi era “el único” que podía aglutinar suficiente apoyo internacional para liderar una transición pacífica que derribara lo que para ellos es el núcleo del mal: un régimen teocrático que oprime a las minorías, restringe ferozmente los derechos de las mujeres, persigue la diversidad sexual y niega libertades fundamentales.

Un callejón sin salida

Este dilema, elegir entre un símbolo del pasado intervencionista y un presente basado en el Islam es el callejón sin salida al que han sido arrinconados décadas de injerencia extranjera y arbitrariedades internas.

Su postura me parece un síntoma de la desesperación y del colapso de alternativas soberanas y auténticamente populares. La historia que comenzó con el derrocamiento de Mosaddegh les robó la posibilidad de un camino democrático propio, y ahora se ven forzados a buscar atajos con aliados cuestionables, pues ni siquiera tienen en mente a algún verdadero luchador social.

Y luego, la revelación final que encapsula otra dimensión del exilio: aunque anhelan el fin del régimen teocrático, no piensan regresar a Irán. Han echado raíces en México, un país que les ha dado un espacio para vivir, disentir y hasta protestar contra su propio gobierno, algo inimaginable incluso en Francia país en el que no te puedes acercar a una embajada con una bandera de la oposición ni por error.

¡Y que viva México!

En ese momento, la ironía y la esperanza se fundieron. Cuando les pregunté que cuál sería su acción si el país tuviera elecciones democráticas, pregunté si se irían a vivir allá y en realidad es un deseo pero quedó claro que por lo pronto prefieren quedarse en México y algunos con familia, otros como estudiantes y fue muy emotivo cuando juntos, sobre la banqueta, alzamos la voz para gritar “¡Viva México!”. Un grito que era un agradecimiento a esta tierra de asilo.

Este final no resuelve las contradicciones, las hace más humanas. Mientras las potencias libran sus guerras de propaganda y geopolítica por recursos, son los pueblos quienes cargan con el peso de elecciones imposibles y destinos fracturados.

Nuestra solidaridad, como mexicanos, debe ser con las personas atrapadas en estos dilemas, defendiendo siempre un principio irrenunciable: que la verdadera liberación de cualquier pueblo jamás llegará de la mano de los antiguos verdugos, sino de su propia capacidad, libre de coerción interna y externa, para forjar su futuro. Y que, mientras ese día llega, México seguirá siendo, orgullosamente, un refugio para la conciencia y un terreno donde hasta las contradicciones más amargas pueden gritar por la paz, la soberanía y la democracia.