Entre la extorsión en la frontera y la traición legislativa

Es indignante. No hay otra palabra para describir lo que nuestra comunidad migrante está viviendo en estos momentos. Mientras miles de paisanos hacen el esfuerzo de regresar a su tierra para abrazar a sus familias en estas fechas, se encuentran con una realidad que nos prometieron que ya no existiría: la “mordida”, el “moche” y el abuso de autoridad descarado.

He recibido reportes constantes de lo que ocurre en nuestras aduanas y garitas. Es una vergüenza ver a jóvenes con el uniforme de la Guardia Nacional y la bandera de México en el brazo, utilizando su posición no para protegernos, sino para asaltar legalmente a quienes traen un televisor, un par de zapatos de marca o herramientas de trabajo. ¡Basta ya! Estos empleados corruptos están “apestando” la administración pública y traicionando la confianza de nuestra presidenta, Claudia Sheinbaum.

A mis paisanos les digo: no se dejen. Graben con su celular, tomen fotos, anoten nombres. La única forma de limpiar esta “mugre” es ventilándola. El tiempo de agachar la cabeza ante un oficial prepotente debe terminar. Si queremos una verdadera transformación, tenemos que denunciar cada extorsión hasta que los responsables entiendan que con el pueblo no se juega.

Pero la corrupción no solo viste uniforme; a veces también viste de traje y se sienta en una curul.

Me duele profundamente ver cómo la figura de la “acción afirmativa migrante” ha sido utilizada por personajes que solo buscan el beneficio personal. Un ejemplo claro es el de la diputada María Damaris Silva. Es lamentable que quienes llegaron al poder gracias al sudor y al activismo de nuestra comunidad en Los Ángeles, hoy se olviden de sus raíces.

¿Dónde quedó la austeridad republicana? Mientras nuestra gente lucha por documentos y justicia, vemos desplantes de privilegios y viajes que nada tienen que ver con la agenda migrante. Casarse en Cuba y llevarse a su equipo de trabajo no es precisamente el ejemplo de servicio que esperamos de alguien que dice representarnos. El servicio público es un encargo, no un botín.

Si no somos capaces de señalar lo que está mal dentro de nuestro propio movimiento, nos convertiremos en aquello que juramos combatir. Yo seguiré hablando con las pruebas en la mano, porque mi compromiso no es con un político, sino con cada migrante que se rompe el lomo fuera de su país y que merece respeto cuando cruza la frontera.

México está cambiando, pero para que el cambio sea total, la honestidad debe ser una práctica, no solo un eslogan.