Rawson, Chubut, Argentina. El cielo sobre la cordillera de Chubut ha perdido su azul característico. Desde hace días, una densa cúpula de color plomo y ocre se asienta sobre las cumbres, recordándole a los habitantes de Cholila que el enemigo está cerca. No es un enemigo silencioso; el fuego, cuando alcanza las copas de los coihues y cipreses, ruge con la fuerza de una turbina de avión, marcando el ritmo de una tragedia que ya devora miles de hectáreas.
La situación es crítica. Dos frentes de fuego, alimentados por una sequía persistente y vientos que parecen jugar a favor del desastre, avanzan sin tregua. Uno de ellos se lame las laderas cercanas al casco urbano de Cholila, donde el pánico y la solidaridad se cruzan en cada esquina: mientras algunos vecinos cargan pertenencias en camionetas, otros se arman de palas y mangueras para defender lo que queda de sus cercos.
El santuario en peligro
Más al sur, la amenaza adquiere dimensiones históricas. El fuego ha penetrado en los límites del Parque Nacional Los Alerces, un sitio declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO. Allí, el combate es desigual. El terreno, escarpado y de difícil acceso, convierte la labor de los brigadistas en una gesta heroica.
“Estamos viendo cómo se quema el futuro”, comenta un poblador local con los ojos irritados por el humo. “Un alerce tarda cientos de años en crecer y el fuego se lo lleva en diez minutos”.
Los esfuerzos aéreos, coordinados por el Servicio Nacional de Manejo del Fuego, intentan enfriar los puntos calientes, pero las ráfagas de viento de hasta 60 km/h dispersan el agua antes de que toque el suelo, y las “cenizas volantes” generan nuevos focos secundarios a cientos de metros del incendio principal, saltando las líneas de control como si no existieran.
Un ecosistema en cenizas
El impacto ambiental es devastador. No solo es la madera que arde; es el hábitat del huemul y de especies vegetales únicas que conforman la esponja hídrica de la región. Sin el bosque, las lluvias del invierno traerán deslaves, afectando la pureza de los lagos y el ciclo vital de la cuenca.
Al cierre de esta edición, las autoridades provinciales y nacionales mantienen el alerta roja. Las miradas se dirigen al cielo, no solo buscando el alivio de una lluvia que el pronóstico posterga, sino siguiendo el rastro del humo que hoy es el único horizonte para los pueblos de la cordillera.

